México, Tierra de Ricinúlidos

Pseudocellus monjarazi, una de las especies de ricinúlido mexicanas descritas recientemente por Valdez-Mondragón & Francke (2013). La fotografía pertenece a los autores de ese artículo.

Pseudocellus monjarazi, una de las especies de ricinúlido mexicanas descritas recientemente por Valdez-Mondragón & Francke (2013). La fotografía pertenece a los autores de ese artículo.

Hace algunos años, durante mis estudios de maestría, tuve mi primer encuentro con un ricinúlido. Mi tierra natal es árida, y, hasta donde sé, no existen las condiciones necesarias para que tales arácnidos vivan en aquellos rumbos; y en viajes en que había estado sitios con diferentes condiciones, simplemente nunca me había topado con un ricinúlido. Para mí, eran de esos organismos para los que necesitas mucha suerte si es que quieres ver uno vivo. De esa manera, nada me había preparado para la sorpresa que me deparaba una salida de campo a la Reserva de la Biósfera “Volcán Tacaná” en 2007. Mientras mis colegas y yo buscábamos pasálidos en troncos caídos de árboles centenarios, el mango de una hachuela se rompió. Nelson, nuestro experto guía, se adentró en una vereda y llegó al margen de un arroyo, repleto de varas secas arrastradas por la corriente, útiles para  sustituir el mango perdido. Con su mirada experta, escogió el que le pareció más adecuado. Era un gran madero cubierto por musgo y líquenes. Una rama sobresalía a un costado, era la que se ajustaba a nuestro propósito. La cabeza de metal encajó justa en la vara. Para separarla del gran tronco, Nelson golpeó la base de la rama con otra hacha. El suelo de roca desnuda se cubrió con una capa de detritus. Teníamos que irnos ya, había mucho trabajo por delante. En un último vistazo, me percaté que algo se movía entre las basurillas. Algo diminuto. Me acerqué a ver detenidamente. El detrito, inquieto, se convulsionaba. Con un leve soplido y ayudado de un fino pincel, comencé a apartar las partículas de suciedad de lo que parecía ser un diminuto volcán a punto de erupción. Bajo una fina capa de tierra, unas pequeñas patas articuladas se movían, casi a modo de saludo. Fue una visión extraordinaria. Había encontrado mi primer ricinúlido. Ante la premura, guardé el ejemplar en un frasco sin alcohol, con la esperanza de poder observarlo con atención en la entonces Colección de Arañas de ECOSUR, en Tapachula. Junto a un buen amigo, David Chamé, mi esperanza se vio cumplida. El pequeño arácnido, protegido por el detrito del que procuré acompañarlo, se movía frenéticamente. Fue un momento de júbilo, que vino acompañado con fotos y de la grabación de algún video (los cuales, creo, se perdieron meses después). Mi colega y yo decidimos sacrificar al animalito después de no saber qué hacer con él por varios días. El hallazgo estaba lleno de posibilidades. Podría tratarse de un registro nuevo, o incluso de una especie no descrita. Después de revisar la exigua literatura existente, David identificó al ricinúlido como Pseudocellus spinotibialis y el organismo quedó al resguardo de la colección, ya que era una especie previamente conocida de aquella zona. Poco después, pude ver más ricinúlidos, tanto vivos como conservados, pero nada fue comparable a ese primer encuentro.

Ahora, con un poco más de experiencia, mi postura hacia esos organismos ya no es sólo de asombro. Surgen preguntas como ¿qué tan abundantes son?, ¿qué los hace aptos para sobrevivir?, ¿quedan muchos por descubrir? o ¿están siendo afectados por las actividades humanas?  Los artículos recientes de Alejandro Valdez-Mondragón y Óscar F. Francke (2011, 2013) han respondido en parte una de estas dudas. Tales escritos han elevado el número de especies en México de 10 a 16, esto es, las especies de ricinúlidos reportadas en México han experimentado un admirable incremento de 60%, lo destaca en las tendencias de descripción de ricinúlidos a nivel mundial (Harvey, 2007; Blick & Harvey, 2011). Las otras preguntas son más de índole ecológico y evolutivo y tienen repercusión en la conservación. Aunque las publicaciones mencionados aportan datos de distribución y hábitat, considero que próximos trabajos con énfasis en aspectos de biomasa, de abundancia relativa, y en general, del flujo de energía en los ecosistemas y el papel que los ricinúlidos representan en ello son necesarios. Muy poco se ha hecho en estos temas en cualquier parte del mundo. Acaso, el trabajo de Höfer y Ott (2009) sea una de las más recientes excepciones. Me aventuro a afirmar algo muy general: que la presencia de ricinúlidos en los ecosistemas depende de la regularidad de ciertas condiciones que deben indicar el grado de disturbio de los sitios en que habitan, por ejemplo, necesitan una capa de detritus importante, troncos caídos, procesos de descomposición, cuevas antiguas…todo ello presente en sitios con poco impacto antropogénico.  Además, todo indica que los ricinúlidos son en verdad difíciles de encontrar en campo. A partir de esto, aparece otra duda: ¿son importantes los ricinúlidos para la conservación? A mí me parece que la simple presencia de ricinúlidos nos habla per se de la constancia de fenómenos deseables.

Recientemente, el destacado arácnologo Stuart Longhorn, en un foro de internet, llamó la atención sobre un hecho destacable: no existen arácnidos protegidos en Centro América (http://www.earthsendangered.com/continent.asp?view=all&ID=5&gr=AR). En México, estamos en condiciones similares. La situación es obvia: no se trata de que los arácnidos no sean importantes para los ecosistemas o para los intereses humanos. Pero los tomadores de decisiones, esgrimiendo un argumento consabido, se escudan en lo poco que sabemos de muchos de los seres que queremos que se protejan para decir que no es factible. ¿Qué solución hay? Tal vez no exista una respuesta fácil, aunque es claro que, preservando ciertos procesos y tipos de ecosistemas, preservamos especies, y mientras más conozcamos de ambos, mejores argumentos tenemos para conservar. Pero, en el caso de los ricinúlidos, verificar su rareza y aportar evidencia de su papel en los ecosistemas, de la singularidad de sus apariciones y de los factores que han llevado a que sean “tan únicos” permite albergar cierta esperanza de que, pese a que encontrarlos pueda parecer una cuestión de suerte, el hecho de que persistan en este planeta sea una cuestión de consciencia y cuidado, derivados de un conocimiento acertado, y no una cuestión azarosa. Y por otro lado, mientras los trabajos de descripción de especies y de fenómenos ecológicos que involucren a este grupo sigan apareciendo y haya actitudes consecuentes, creo también hay esperanza de que México siga siendo “Tierra de Ricinúlidos”.

Referencias

Blick, T. & M. S. Harvey. 2011. Worldwide catalogues and species numbers of the arachnid orders (Arachnida). Arachnologische Mitteilungen 41: 41-43.

Harver, M. S. (2007) The smaller arachnid orders: diversity, descriptions and distributions from Linnaeus to the present (1758 to 2007). Zootaxa 1668: 363–380.

Höffer, H. & R. Ott. (2009) Estimating biomass of Neotropical spiders and other arachnids (Araneae, Opiliones, Pseudoscorpiones, Ricinulei) by mass-length regressions. Journal of Arachnology 37: 160-169.

Valdez-Mondragón, A. & Francke, O.F. (2011) Four new species of the genus Pseudocellus (Arachnida: Ricinulei: Ricinoididae) from Mexico. Journal of Arachnology 39: 365–377.

Valdez-Mondragón, A. & Francke, O.F. (2013) Two new species of ricinuleids of the genus Pseudocellus (Arachnida: Ricinulei: Ricinoididae) from southern Mexico. Zootaxa 3635: 545–556.